La expiación como expresión de la gracia de Dios en el Antiguo Pacto...


(Reflexión pastoral de Levítico 14–16).

El libro de Levítico suele ser percibido como un conjunto de leyes rituales difíciles de comprender; sin embargo, al acercarnos con atención espiritual, descubrimos que en su contenido se revela profundamente el carácter santo de Dios y, al mismo tiempo, Su gracia al proveer un camino de restauración para un pueblo pecador. Los capítulos 14 al 16 nos conducen al corazón teológico del libro, especialmente en lo que respecta al Día de la Expiación, descrito en Levítico 16:29–34.

En esta porción, el Señor establece un estatuto perpetuo para Israel: un día solemne en el cual el pueblo debía humillarse, cesar de toda obra y presentarse delante de Dios para recibir limpieza de todos sus pecados. Este mandato no surge como una carga arbitraria, sino como una provisión misericordiosa. Dios, consciente de la fragilidad espiritual de Su pueblo y de la imposibilidad humana de cumplir perfectamente la Ley, establece un medio por el cual la comunión podía ser restaurada.

La institución del sacerdocio levítico responde a esta necesidad divina. Una vez formado el pueblo, entregada la Ley y ratificado el pacto, el Señor designa hombres de la tribu de Leví para ejercer una función mediadora. Estos sacerdotes, aunque imperfectos, fueron llamados a preservar la santidad del campamento, instruir al pueblo en los estatutos del Señor y presentar las ofrendas establecidas para la expiación del pecado. Su labor no solo era ritual, sino profundamente pastoral: enseñar, discernir, guiar y representar al pueblo delante de Dios.

Es importante recordar que Israel venía de una larga estancia en Egipto, inmerso en una cultura politeísta y ritualista. Dios, en Su sabiduría, no elimina de inmediato toda forma ritual, sino que redime y orienta esas prácticas hacia la adoración del único Dios verdadero. A través de la Ley, el sacerdocio y los sacrificios, el Señor va formando espiritualmente a Su pueblo, enseñándole qué es la santidad, qué es el pecado y qué implica vivir en pacto con Él.

El Día de la Expiación revela una verdad profunda: el pecado no solo afecta al individuo, sino que contamina la comunidad y aun el lugar donde Dios habita. Por eso, la expiación debía hacerse no solo por el pueblo, sino también por el santuario, la tienda de reunión y el altar. Esta realidad subraya la seriedad del pecado y, al mismo tiempo, la grandeza de la gracia divina que provee un medio de purificación.

Sin embargo, el propio texto deja claro que esta expiación debía realizarse una vez cada año, lo que evidencia su carácter temporal. La repetición del sacrificio mostraba que la obra no era definitiva. Así, Levítico prepara silenciosamente el camino para una esperanza mayor: la necesidad de una expiación perfecta y final.

Desde una lectura cristiana, este sistema sacrificial apunta claramente a Cristo. El sacerdocio levítico, con todas sus limitaciones, prefigura a Jesucristo como el Sumo Sacerdote perfecto, y el sacrificio anual anticipa Su ofrenda única y suficiente en la cruz. Lo que bajo la Ley se repetía continuamente, en Cristo se cumple de una vez y para siempre.

Levítico 14–16 nos enseña, entonces, que la santidad de Dios exige mediación, pero también que Dios mismo provee esa mediación. En el Antiguo Pacto, fue a través del sacerdocio levítico; en el Nuevo Pacto, es a través de Su propio Hijo. Este mensaje no solo es teológico, sino profundamente pastoral: nos recuerda que la comunión con Dios no depende de nuestro mérito, sino de Su gracia redentora.

Oración final:
Señor santo y misericordioso, gracias porque desde el principio has provisto un camino para restaurar nuestra relación contigo. Ayúdanos a valorar la obra perfecta de Cristo, quien llevó nuestro pecado y nos reconcilió contigo de una vez y para siempre. Que vivamos cada día en gratitud, reverencia y obediencia, caminando en la santidad que Tú produces en nosotros por Tu gracia. Amén.

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