Ofrendas, sacerdocio y la gloria de Dios en medio de Su pueblo...
(Reflexión pastoral sobre Levítico 7-9)
Al avanzar en el libro de Levítico, descubrimos que sus instrucciones no son meramente rituales antiguos, sino una profunda revelación del carácter de Dios y de Su deseo de habitar en medio de un pueblo santo. Los capítulos 7 al 9 nos conducen desde las ofrendas expiatorias, pasando por la consagración sacerdotal, hasta la manifestación gloriosa del Señor ante Israel.
- Las ofrendas: restauración y comunión con Dios
En Levítico 7 se presentan leyes relacionadas con la ofrenda por la culpa y las ofrendas de paz. Estas no solo trataban el pecado cometido, sino que apuntaban a restaurar la relación quebrantada entre el hombre y Dios. La ofrenda por la culpa enfatiza que el pecado tiene consecuencias reales y que la reconciliación requiere obediencia, arrepentimiento y sustitución.
Las ofrendas de paz, por su parte, celebraban la comunión restaurada: después del perdón, Dios invita a Su pueblo a vivir en paz con Él. Así, las ofrendas se convierten en un acto de adoración que integra perdón, gratitud y comunión.
- La consagración sacerdotal: mediadores llamados por Dios
Levítico 8 describe la solemne consagración de Aarón y de sus hijos como sacerdotes. Este acto no fue una iniciativa humana, sino un llamado divino. El sacerdote debía ser apartado, purificado y ungido para servir como mediador entre Dios y el pueblo.
Teológicamente, este sacerdocio levítico revela una verdad crucial: el acceso a Dios requiere mediación. Sin embargo, estos sacerdotes eran hombres frágiles, necesitados ellos mismos de expiación. Aquí se perfila claramente la figura de Cristo, quien en el Nuevo Pacto no solo sería el Sumo Sacerdote perfecto, sino también la ofrenda definitiva (Hebreos 5:1-4; 7:26-28).
- La gloria del Señor: Dios responde a la obediencia
Levítico 9 culmina con los primeros sacrificios ofrecidos por Aarón y con una escena profundamente reveladora: “Y salió fuego de la presencia del Señor que consumió el holocausto…” (Lv. 9:24).
Esta manifestación gloriosa confirma que Dios acepta el sacrificio, respalda el sacerdocio establecido y cumple Su promesa de habitar entre Su pueblo. La gloria de Dios se manifiesta cuando Su palabra es obedecida con reverencia. La respuesta del pueblo —postrarse rostro en tierra— muestra que la verdadera adoración surge cuando Dios se revela y no cuando el hombre intenta provocarla por sí mismo.
- Cristo, cumplimiento perfecto del sistema sacrificial
Todo este sistema levítico encuentra su cumplimiento en Jesucristo. Lo que fue temporal y repetitivo bajo la Ley, se vuelve eterno y suficiente en la cruz. Cristo es el Sumo Sacerdote que no necesita ofrecer sacrificios por Sí mismo y el Cordero perfecto que quita el pecado del mundo.
Hoy, ya no esperamos un fuego visible sobre un altar, sino que el Espíritu Santo mora en el creyente, guiándolo en santidad y adoración viva.
Aplicación para nuestra vida:
Levítico 7–9 nos recuerda que Dios es santo, cercano y fiel. Él provee el medio para la reconciliación, establece el orden para acercarnos a Él y responde con Su presencia cuando Su pueblo camina en obediencia. Nuestra adoración hoy sigue siendo una respuesta reverente a Su gracia manifestada plenamente en Cristo.
Oración final:
Señor santo y fiel, gracias porque en Tu sabiduría preparaste el camino para reconciliarnos contigo. Gracias por Cristo, nuestro Sumo Sacerdote perfecto y sacrificio eterno. Enséñanos a adorarte con obediencia, gratitud y reverencia, y a vivir conscientes de Tu presencia en medio de nosotros. Amén.

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