Cuando la Obediencia prepara morada para la Gloria de Dios...
Al llegar a los capítulos finales del libro de Éxodo (38–40), el lector atento descubre que no se trata simplemente del cierre de una obra arquitectónica, sino de la culminación de un proceso espiritual profundo: Dios decide habitar en medio de Su pueblo, y el pueblo responde con obediencia reverente.
Estos capítulos describen con detalle la finalización del Tabernáculo, sus utensilios y las vestiduras sacerdotales. A primera vista, podría parecer una repetición técnica; sin embargo, espiritualmente revelan algo esencial: Dios es un Dios de orden, y Su presencia descansa donde Su voluntad es obedecida.
- Una obra hecha conforme a la voluntad del Señor
Una frase se repite a lo largo del relato: “como el Señor había mandado a Moisés”. Nada fue improvisado. Cada medida, cada material, cada detalle fue ejecutado conforme a las instrucciones divinas. Esto nos enseña que la verdadera adoración no nace de la creatividad humana, sino de un corazón dispuesto a obedecer lo que Dios ha revelado.
El pueblo no solo aportó recursos materiales; aportó disposición, humildad y compromiso. Aquellos hombres dotados con habilidades —orfebres, tejedores, artesanos— pusieron sus talentos al servicio del Señor. Esto nos recuerda que los dones que poseemos no son para nuestra exaltación, sino para la edificación de la obra de Dios.
- La gloria que llena el Tabernáculo
El clímax del relato se encuentra en Éxodo 40:34-38: “Entonces la nube cubrió la tienda de reunión, y la gloria del Señor llenó el tabernáculo… Porque la nube del Señor estaba de día sobre el tabernáculo, y de noche había fuego en él, a la vista de toda la casa de Israel en todas sus jornadas”.
La gloria de Dios descendió cuando la obra fue terminada en obediencia. Este detalle es profundamente pastoral: la presencia manifiesta de Dios no es el resultado del esfuerzo humano aislado, sino de una respuesta fiel a Su voluntad.
Israel no avanzaba sin la nube, ni se detenía cuando esta se alzaba. Dependían completamente de la dirección del Señor. Así aprendieron que caminar con Dios implica rendir el control y confiar en Su guía, incluso cuando el camino es incierto.
- Del Tabernáculo al corazón del creyente
En el Antiguo Pacto, la presencia de Dios se manifestaba de forma visible y localizada: una nube, una columna de fuego, un lugar santo. Pero este modelo apuntaba a una realidad mayor. En el Nuevo Pacto, Dios ya no habita en tiendas hechas por manos humanas, sino en el corazón del creyente por medio del Espíritu Santo (1 Corintios 3:16).
La nube y el fuego eran señales externas; hoy, el Espíritu Santo es quien nos guía internamente, nos da discernimiento y nos conduce por sendas de santidad. La misma gloria que descendió sobre el Tabernáculo ahora transforma vidas desde dentro, de manera progresiva y profunda.
Una invitación pastoral:
Éxodo 38–40 nos invita a examinarnos:
- ¿Estamos construyendo nuestra vida conforme al diseño de Dios o según nuestras propias ideas?
- ¿Anhelamos Su presencia tanto como Israel dependía de la nube?
La buena noticia es que Dios sigue deseando habitar con Su pueblo. Donde hay obediencia, humildad y fe, Su gloria no tarda en manifestarse. Que hoy podamos decir, como Moisés y el pueblo en el desierto: Señor, haz de nuestra vida un lugar donde Tu presencia pueda reposar.
Oración final:
Señor nuestro Dios, te damos gracias porque deseas habitar en medio de Tu pueblo. Así como llenaste el Tabernáculo con Tu gloria cuando fue levantado en obediencia, hoy te pedimos que llenes nuestra vida con Tu presencia. Enséñanos a servirte con corazones dispuestos, a usar los dones que nos has dado para Tu gloria y no para la nuestra, y a caminar atentos a Tu dirección, sin adelantarnos ni quedarnos atrás de Tu voluntad. Que nuestra vida sea un lugar santo donde Tu Espíritu repose y nos guíe cada día por caminos de fe y santidad. En el nombre de Jesús. Amén.

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