El Dios que mora en medio de su pueblo...


(Una reflexión pastoral sobre Éxodo 29–31)

En el corazón del libro de Éxodo encontramos una de las verdades más conmovedoras de toda la Escritura: Dios desea habitar en medio de Su pueblo. No se trata solo de leyes, rituales o normas religiosas; se trata de una relación santa, cercana y transformadora.

En Éxodo 29:42–46, el Señor declara con claridad Su intención: encontrarse con Israel, santificarlo por Su gloria y morar entre ellos. El Dios que los sacó de Egipto no los libera para dejarlos solos en el desierto, sino para caminar con ellos, guiarlos y revelarse como su Dios.
  • Santidad para servir, servicio para adorar
La consagración de Aarón y sus hijos nos recuerda que nadie sirve a Dios desde la autosuficiencia. El acceso al altar requería limpieza, obediencia y consagración, porque la santidad no es opcional cuando se trata de acercarse a la presencia divina. Aun así, el texto deja claro que solo Moisés hablaba cara a cara con el Señor, anticipando la necesidad de un mediador perfecto.

Aquí el Antiguo Pacto apunta con claridad al Nuevo: Jesucristo, nuestro Sumo Sacerdote, quien no solo nos representa ante Dios, sino que nos abre el acceso permanente a Su presencia. Lo que en Éxodo era limitado y ceremonial, en Cristo se vuelve pleno y eterno.
  • El día de reposo: una señal de confianza
En Éxodo 31, el Señor establece el día de reposo como señal del pacto. Guardarlo no era simplemente dejar de trabajar; era una confesión de fe. Israel declaraba con sus acciones que su provisión no dependía de su esfuerzo, sino de la fidelidad de Dios.

El reposo enseñaba al pueblo a confiar, a detenerse, a recordar quién era su verdadero sustentador. En un mundo marcado por la esclavitud y la producción sin descanso, Dios establece un tiempo santo para recordar que la vida no se sostiene por el hacer, sino por la gracia.

Hoy, esta verdad sigue hablándonos. Aunque no vivimos bajo el pacto sinaítico, seguimos siendo llamados a descansar en Dios, a confiar en Su obra y a vivir desde la seguridad de Su provisión.
  • Un Dios que escribe Su voluntad
El cierre de estos capítulos es profundamente significativo: Dios entrega a Moisés las tablas escritas con Su propio dedo. La ley no nace del deseo humano de control, sino del amor divino que instruye, ordena y protege. La Ley fue dada para guiar a un pueblo redimido, no para salvarlo, sino para enseñarle a vivir en comunión con su Dios.

Reflexión:
Éxodo 29–31 nos revela a un Dios cercano, santo y fiel. Un Dios que redime, consagra, habita y guía. Un Dios que no solo exige obediencia, sino que ofrece Su presencia. Frente a este Dios, nuestra respuesta no puede ser otra que rendición, adoración y confianza.

Oración:
Señor, gracias porque no solo nos llamas a obedecer, sino a vivir en Tu presencia. Enséñanos a valorar la santidad, a descansar en Tu provisión y a caminar confiados en que Tú habitas en medio de Tu pueblo. Que nuestra vida sea un altar donde Tu gloria se manifieste cada día. Amén.

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