Las Ofrendas como Adoración: de Levítico a Cristo...
Cuando leemos Levítico 1–3, es fácil pensar que estamos frente a simples rituales antiguos, ajenos a nuestra vida cristiana actual. Sin embargo, una lectura cuidadosa y guiada por toda la Escritura nos revela que estas ofrendas no eran actos mecánicos, sino formas concretas de adoración mediante las cuales el pueblo respondía al Dios que había decidido habitar en medio de ellos.
Desde el inicio, el Señor deja claro que las ofrendas no nacen de la iniciativa humana, sino de Su revelación. Él mismo establece cómo y con qué actitud debía el pueblo acercarse a Su presencia. En ese sentido, las ofrendas eran instrumentos pedagógicos que enseñaban verdades espirituales profundas.
1. El holocausto: adoración como entrega total (Levítico 1)
El holocausto era la ofrenda que se consumía completamente en el altar. Nada se reservaba para el oferente. Esto enseñaba que la verdadera adoración implica entrega total y sin reservas. La exigencia de que el animal fuera “sin defecto” revelaba que Dios es santo y digno de lo mejor.
Aquí vemos un claro anticipo de Cristo, quien se entregó completamente al Padre, sin mancha ni pecado, como ofrenda perfecta (Efesios 5:2). En Él, el holocausto alcanza su plenitud. Ya no ofrecemos animales, pero sí somos llamados a una vida rendida por completo a Dios.
2. La ofrenda vegetal: adoración como gratitud (Levítico 2)
La ofrenda de cereal representaba el fruto del trabajo humano. No incluía sangre, pero sí era presentada con reverencia, pureza y obediencia. Era una manera de reconocer que toda provisión viene del Señor.
Esta ofrenda nos recuerda que adorar a Dios no se limita al altar, sino que incluye nuestra vida diaria, nuestro trabajo y nuestros recursos. En el Nuevo Pacto, esta verdad se expresa cuando el creyente reconoce que todo lo que es y posee pertenece a Dios, y lo ofrece con gratitud como acto de adoración.
3. La ofrenda de paz: adoración como comunión restaurada (Levítico 3)
La ofrenda de paz celebraba la reconciliación entre Dios y el adorador. Era una expresión de gozo, comunión y descanso en la relación con el Señor.
Esta ofrenda apunta directamente a Cristo, quien es nuestra paz (Efesios 2:14). Por medio de Su sacrificio, la comunión con Dios es restaurada de manera definitiva. Lo que antes se celebraba mediante un ritual, hoy se vive como una realidad permanente en Cristo.
4. Cristo: el cumplimiento perfecto del sistema sacrificial
Las ofrendas levíticas eran necesarias bajo el Antiguo Pacto, pero eran repetitivas y temporales. No podían transformar el corazón del hombre. Todas ellas apuntaban a una necesidad mayor: un sacrificio perfecto y definitivo.
Esa necesidad se cumple en Jesucristo. Él es:
- el sacrificio sin defecto,
- el mediador del Nuevo Pacto,
- y la ofrenda aceptable delante de Dios.
Por eso, el Apóstol Pablo exhorta en Romanos 12:1: “Presenten sus cuerpos como sacrificio vivo y santo, aceptable a Dios, que es el culto racional de ustedes”.
Aquí se produce el giro radical del Nuevo Pacto: ya no llevamos una ofrenda al altar, nos convertimos nosotros mismos en la ofrenda. La adoración deja de ser un acto ocasional y se transforma en un estilo de vida.
5. Vivir como ofrenda en el Nuevo Pacto
Adorar a Dios hoy implica vivir rendidos a Él:
- con un corazón obediente,
- con una vida consagrada,
- con decisiones que honren Su santidad.
Así como en Levítico Dios demandaba ofrendas sin defecto, hoy nos llama a una vida transformada por Su gracia. No para ganar Su favor, sino como respuesta agradecida a la obra consumada de Cristo.
Conclusión:
Las ofrendas del Antiguo Testamento no han perdido su valor espiritual. En Cristo, cobran su verdadero significado. Nos enseñan que la adoración genuina siempre ha implicado entrega, gratitud y comunión, y que hoy esas realidades se expresan en una vida ofrecida plenamente a Dios.
Adorar no es solo cantar o dar; es vivir para Aquel que se entregó por nosotros.
Oración:
Señor, gracias porque en Cristo nos has mostrado el camino perfecto para acercarnos a Ti. Ayúdanos a vivir como ofrendas vivas, santas y agradables delante de Tu presencia. Que cada área de nuestra vida sea un acto de adoración que glorifique Tu nombre. Amén.

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