¡Un Dios que habita en medio de un pueblo dispuesto!
Texto base: Éxodo 35–37
Después del pecado del becerro de oro y de la renovación del pacto, Éxodo 35–37 nos presenta una escena profundamente restauradora: Dios no se aleja definitivamente de Su pueblo, sino que reafirma Su deseo de habitar en medio de ellos. Ahora, el mismo pueblo que falló es llamado a participar activamente en la construcción del lugar donde la presencia del Señor se manifestará: el Tabernáculo.
En esta porción bíblica, el Señor escoge hombres y mujeres a quienes llena de sabiduría, talento y habilidad para realizar toda clase de trabajos: costura, orfebrería, carpintería, ebanistería y diseño artístico. Nada queda al azar. Todo responde a instrucciones precisas dadas previamente por Dios a Moisés (Éx. 25–30), lo que nos revela que estamos ante un Dios de orden, propósito y santidad.
“Tomó Moisés la ofrenda de delante del Señor, y todos los hombres y mujeres cuyo corazón los impulsó a venir, trajeron una ofrenda voluntaria al Señor” (Éxodo 35:29)
Uno de los aspectos más conmovedores del texto es la respuesta del pueblo. La ofrenda no fue forzada ni impuesta; fue voluntaria y abundante. De hecho, la generosidad fue tal que Moisés tuvo que ordenar que cesaran las ofrendas porque ya había más de lo necesario para la obra (Éx. 36:5–7). Este detalle marca un contraste poderoso con el pasado reciente: el oro que antes fue usado para levantar un ídolo ahora es consagrado para la morada del Dios vivo.
El Señor no solo acepta las ofrendas materiales, sino también el servicio obediente de cada persona. Cada hilo tejido, cada pieza tallada y cada utensilio elaborado se convierte en un acto de adoración. Esto nos enseña que todo trabajo hecho para Dios, cuando nace de un corazón rendido, es santo.
Éxodo 35–37 también reafirma una verdad fundamental: Dios desea acompañar a Su pueblo en la travesía, no solo al final del camino. El Tabernáculo no era un edificio permanente, sino una tienda móvil, recordando que la presencia de Dios camina con Su pueblo en medio del desierto, en medio de la espera y en medio del proceso.
Desde una perspectiva cristiana, este pasaje apunta más allá del Tabernáculo: anticipa a Cristo, “el Verbo que se hizo carne y habitó entre nosotros” (Jn. 1:14), y nos recuerda que hoy Dios mora en Su pueblo por medio del Espíritu Santo (1 Co. 3:16). Sin embargo, el principio permanece vigente: Dios habita donde hay obediencia, reverencia y corazones dispuestos a servirle.
Reflexión: Éxodo 35–37 nos invita a examinarnos:
- ¿Estoy usando los dones que Dios me ha dado para Su gloria?
- ¿Sirvo con excelencia, entendiendo que Dios es un Dios de orden?
- ¿Comprendo que Su presencia se manifiesta cuando hay obediencia y entrega?
El mismo Dios que llenó de sabiduría a los artesanos del desierto sigue capacitando hoy a Su pueblo. Él sigue buscando corazones dispuestos para edificar un lugar donde Su presencia sea honrada.
Oración:
Señor, gracias porque deseas habitar en medio de Tu pueblo. Reconocemos que todo don, talento y habilidad proviene de Ti. Enséñanos a servirte con obediencia, orden y un corazón dispuesto, para que Tu presencia sea glorificada en nuestra vida diaria. Amén.

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