Cuando Dios nos llama a volver...


(Reflexiones Pastorales sobre Jeremías 1–3).
Vivimos en una época en la que muchas personas buscan propósito, dirección y seguridad. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a escuchar la voz de Dios, quien conoce nuestra vida mucho antes de que nosotros mismos comprendamos su propósito. Así comienza el libro de Jeremías.
No con un hombre extraordinario, sino con un joven que se siente incapaz para la tarea que Dios le encomienda. Y precisamente allí descubrimos una de las grandes lecciones de este libro: Dios no llama a los más capaces; capacita a los que llama.
  • Un llamado que nace en el corazón de Dios
Cuando Jeremías expresa sus temores, el Señor le responde con palabras que siguen inspirando a los creyentes de todos los tiempos: "Antes que te formase en el vientre te conocí..." (Jeremías 1:5).
¡Qué maravillosa verdad!
Nuestra vida no es producto del azar. Dios nos conoce, nos ama y tiene un propósito para cada uno de nosotros.
Tal vez, como Jeremías, alguna vez hemos pensado que no somos suficientes o que nuestras limitaciones nos impiden servir al Señor.
Pero Dios nunca basa su llamado en nuestras capacidades. Él promete estar con nosotros y sostenernos mientras cumplimos la misión que nos ha confiado.
  • El peligro de alejarnos de Dios
En los capítulos 2 y 3 el tono cambia.
El Señor compara a Israel con una esposa que ha abandonado el amor de su esposo para seguir a otros amantes.
Es una imagen dolorosa, pero revela cuánto le afecta a Dios la infidelidad de su pueblo.
La idolatría de Israel no consistía solamente en adorar imágenes; era el reflejo de un corazón que había dejado de confiar en Dios para buscar seguridad en otras cosas.
Nosotros también podemos caer en ese mismo error.
No siempre los ídolos tienen forma de estatuas. A veces se llaman éxito, dinero, prestigio, autosuficiencia o cualquier otra cosa que ocupa el lugar que solo Dios merece en nuestro corazón.
  • Un Dios que nunca deja de llamar
Lo más sorprendente de estos capítulos es que, aun después de la rebeldía del pueblo, Dios no deja de extender su invitación.
Su llamado sigue siendo el mismo: "Vuélvete a mí."
Estas palabras revelan el corazón del Padre.
Él no disfruta del juicio. Su mayor deseo es restaurar la relación con quienes se han alejado.
Esta misma invitación alcanza su máxima expresión en Jesucristo.
A través de su muerte y resurrección, Cristo abrió el camino para que todo pecador pueda regresar al Padre y experimentar el perdón y una vida nueva.

¿Qué nos enseña Jeremías hoy?
Jeremías 1–3 nos invita a responder dos preguntas.
  • La primera es: ¿Estoy dispuesto a obedecer el llamado de Dios, aunque me sienta insuficiente?
  • La segunda es: ¿Hay algo que esté ocupando el lugar que solo Dios debe tener en mi vida?
El Señor sigue buscando hombres y mujeres dispuestos a escuchar su voz y a caminar en obediencia. No espera personas perfectas, sino corazones humildes que confíen en su gracia y dependan de su poder.

Reflexión Final:
El comienzo del libro de Jeremías nos recuerda que el amor de Dios es más grande que nuestra fragilidad y que su gracia es más fuerte que nuestra infidelidad.
Él nos conoce desde antes de nuestro nacimiento, nos llama por nuestro nombre y nos invita a participar en su obra. Y cuando nos alejamos, no deja de buscarnos.
Quizá hoy usted se sienta como Jeremías: limitado, inseguro o incapaz. O quizá, como Israel, reconoce que su corazón se ha enfriado y necesita volver al Señor.
La buena noticia es que Dios continúa diciendo: "No temas... porque yo estoy contigo."
Y también continúa extendiendo su invitación llena de amor: "Vuélvete a mí."
Quien responde a ese llamado descubre que los brazos del Padre siempre permanecen abiertos para recibir a sus hijos.

Oración:
Padre celestial, gracias porque me conociste antes de mi nacimiento y porque tu propósito para mi vida nace de tu amor y tu sabiduría. Perdóname cuando he buscado seguridad en otras cosas y me he alejado de ti. Ayúdame a responder con obediencia a tu llamado y a confiar en tu presencia cuando me sienta débil o incapaz. Gracias porque, en Cristo, siempre encuentro el camino de regreso a tus brazos. Haz de mi vida un instrumento para cumplir tu voluntad y reflejar tu amor. En el nombre de Jesús. Amén.

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