Cuando la fe se niega a arrodillarse...

(Reflexiones Pastorales sobre Daniel 3-4).
Hay momentos en la vida en los que nuestra fe es puesta a prueba. No necesariamente porque dejemos de creer en Dios, sino porque aparece ante nosotros una decisión: ¿permaneceremos fieles a Él cuando hacerlo tenga un costo?
Daniel 3–4 nos presenta precisamente ese desafío. Por un lado, encontramos a Sadrac, Mesac y Abed-nego frente a la enorme estatua de oro levantada por Nabucodonosor. Por otro, encontramos al mismo rey enfrentándose con una verdad que necesitaba aprender: por encima de todo poder humano está el Dios Altísimo.
  • Hay momentos en que debemos decidir dónde nos arrodillaremos
Nabucodonosor había ordenado que todos se postraran ante la estatua. La multitud obedeció, pero tres hombres permanecieron de pie.
Sadrac, Mesac y Abed-nego sabían perfectamente lo que estaba en juego. No era simplemente una ceremonia. Inclinarse ante aquella estatua significaba desobedecer al Dios al que servían.
Cuando fueron confrontados, su respuesta fue firme: “He aquí nuestro Dios a quien servimos puede librarnos del horno de fuego ardiendo; y de tu mano, oh rey, nos librará. Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses.” — Daniel 3:17-18
Estas palabras contienen una de las declaraciones de fe más conmovedoras de las Escrituras.
Ellos creían que Dios podía librarlos, pero no hicieron depender su fidelidad de que Dios lo hiciera.
¡Qué diferencia tan grande entre confiar en Dios y tratar de negociar con Dios!
Su fe decía: “Dios puede salvarnos. Pero aunque no entendamos lo que Él permita, seguiremos siendo fieles.”
  • La fidelidad tiene un precio
El rey se enfureció y ordenó que el horno fuera calentado siete veces más. Los tres jóvenes fueron atados y arrojados al fuego.
Dios podía haber impedido que fueran llevados hasta allí. Sin embargo, permitió que entraran en el horno.
Y aquí encontramos una verdad que necesitamos guardar en el corazón: Dios no siempre evita el fuego, pero nunca abandona a sus hijos en medio del fuego.
Nabucodonosor miró hacia el horno y quedó sorprendido. No vio a tres hombres, sino a cuatro caminando en medio de las llamas.
Aquellos jóvenes no estaban solos.
El fuego que debía destruirlos no tuvo la última palabra.
Quizás nosotros también atravesamos circunstancias que no comprendemos. Oramos para que Dios las quite, pero algunas veces permanecemos en medio de ellas más tiempo del que quisiéramos.
Daniel 3 nos recuerda que la presencia de Dios puede ser más importante que la ausencia de la prueba.
  • ¿Ante qué cosas estamos tentados a inclinarnos?
La estatua de Nabucodonosor quedó en la historia, pero la tentación de “arrodillarnos” ante algo que ocupa el lugar de Dios sigue siendo actual.
No necesariamente se trata de una imagen de oro.
Puede ser el deseo de agradar a los demás, el temor al rechazo, la necesidad de reconocimiento, el poder, el dinero, el éxito o cualquier otra cosa que termine ocupando en nuestro corazón el lugar que solamente le pertenece a Dios.
Por eso, una pregunta necesaria es: ¿Hay algo ante lo cual estoy dispuesto a inclinarme con tal de evitar dificultades?
La fidelidad comienza muchas veces con una decisión silenciosa en el corazón: “Esto no lo negociaré con Dios.”
  • Nabucodonosor también necesitaba aprender
En Daniel 4, el protagonista vuelve a ser Nabucodonosor. Esta vez, Dios le habla mediante un sueño que Daniel debe interpretar.
El sueño anuncia la humillación del rey debido a su orgullo. Daniel, con valentía y respeto, le comunica el mensaje y le aconseja apartarse de su pecado y practicar justicia y misericordia.
Pero Nabucodonosor no escucha.
Un tiempo después, mientras contemplaba con orgullo la grandeza de Babilonia, escuchó una voz del cielo anunciando el cumplimiento de la sentencia.
El poderoso rey perdió temporalmente su grandeza y tuvo que reconocer una verdad que había intentado ignorar: “El Altísimo tiene el dominio en el reino de los hombres.” — Daniel 4:17
Finalmente, Nabucodonosor levantó sus ojos al cielo y reconoció la soberanía de Dios.
El hombre que había exigido que otros se inclinaran ante su estatua terminó comprendiendo que él mismo estaba bajo la autoridad del Dios Altísimo.

Dos lecciones para nuestro corazón:
Daniel 3–4 nos presenta dos actitudes que necesitamos cultivar:
  • De Sadrac, Mesac y Abed-nego aprendemos la fidelidad: Ellos permanecieron firmes cuando todos los demás se inclinaban.
  • De Nabucodonosor aprendemos la humildad: El poder, la posición y los logros humanos nunca pueden colocarnos por encima de Dios.
Una fe madura necesita ambas cosas: firmeza para no ceder y humildad para reconocer que Dios es Dios y nosotros no.

Cuando llegue nuestro propio horno:
Tal vez hoy estés atravesando un “horno de fuego”. Quizás estés enfrentando una circunstancia que no escogiste y de la que quisieras salir inmediatamente. 
Recuerda a aquellos tres jóvenes. No sabían cómo terminaría la historia. Solo sabían en quién habían puesto su confianza. Y eso fue suficiente.
Quizás Dios te libre antes de entrar al fuego. Quizás te sostenga mientras caminas dentro de él. Quizás, al mirar hacia atrás, descubras que aquello que parecía destinado a destruirte se convirtió en un lugar donde experimentaste de una manera nueva la presencia de Dios.
No necesitas saber cómo terminará la prueba para decidir permanecer fiel.
Hoy también podemos decir: Señor, Tú puedes librarme. Pero aun si el camino no es como espero, quiero seguir confiando en Ti.”

Para meditar:
¿Ante qué “estatua” estoy siendo tentado a inclinarme para evitar el costo de permanecer fiel a Dios?

Una verdad para guardar en el corazón:
La fidelidad a Dios no depende de que Él haga lo que esperamos; depende de que reconozcamos quién es Él y decidamos permanecer firmes.

Oración:
Señor, dame la fe de Sadrac, Mesac y Abed-nego para permanecer firme cuando sea tentado a ceder. Ayúdame a confiar en Ti aun cuando no entienda lo que estás permitiendo. Y dame también la humildad para reconocer que Tú eres el Dios Altísimo, soberano sobre mi vida y sobre todas mis circunstancias. Amén.

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